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A las orillas del Sar

En los ecos del órgano o en el rumor del viento,

en el fulgor de un astro o en una gota de lluvia,

te adivinaba en todo y en todo te buscaba,

sin encontrarte nunca.

Quizá después ha hallado, te ha hallado y te ha perdido

otra vez, de la vida en la batalla ruda,

ya que sigue buscándote y te adivina en todo,

sin encontrarte nunca.

Pero sabe que existes y no eres vano sueño,

hermosura sin nombre, pero perfecta y única;

por eso vive triste, porque te busca siempre,

sin encontrarte nunca.

ROSALÍA DE CASTRO

El don


El don de la debilidad,
que me puso a prueba y me enseñó
mi verdadera fuerza interior.

El don de la ignorancia,
que me fue dado
y que cuanto más aprendo más crece
y me sujeta para no permitir que me pierda
en los pasillos llenos de engañosas luces
sostenidas por manos frágiles
que sólo saben cosas de este mundo.

El don de la pobreza,
en el que me crie ignorante de mi escasez
y que me hizo tan rica en inocencia
en alegría y en esperanza.

El don de la humildad,
que comienza al abrir los ojos cada mañana
y percibir que hemos respirado durante el sueño
mantenidos así por la Vida como niños a su cuidado.

El don del agradecimiento,
que se pega a las alas misteriosamente
cuando has llegado a batirlas con tanta fuerza
como para perder de vista pasado y futuro
y como un mantra repites GRACIAS
para explicar lo sucedido en ese vuelo.

El don del abandono,
ese confiarse placentero
ese humildísimo dejarse hacer,
ese aceptar liberador
que los ciegos ven como rendición.

El don de la poesía,
que existirá más allá de los poetas,
que se deja atrapar cuando ella quiere,
que germina en soledad,
que me permite ser sin disfrazarme;
ese don que se parece tanto a lo esencial.


BEGOÑA ABAD

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Mi locura

Después de mucho andar, mucho perder, mucho luchar, me dicen: “Para qué”?
Yo digo simplemente: “Para vivir mejor”.
Me dicen: “Cómo es eso,
si tú vives bien ¿Qué más quieres, di?”
Yo digo en tonto: “No sé”
Pero es claro lo que quiero para todos,
y me digo por lo bajo: “!Pues sí que estamos bien!” Y sigo trabajando más que un tonto
por una gloria total,
con inocencia,
y a veces con tan alta claridad,
que esa luz casi parece una ferocidad.

GABRIEL CELAYA (El hilo rojo)

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Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de mi vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

ROSALÍA de CASTRO

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La pequeña llama

Yo siento por la luz un amor de salvaje.
Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge;
¿no será, cada lumbre, un cáliz que recoge
el calor de las almas que pasan en su viaje?

Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,
lo mismo que las almas taciturnas y buenas.
Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.
Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.

Yo respeto y adoro la luz como si fuera
una cosa que vive, que siente, que medita,
un ser que nos contempla transformado en hoguera.

Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado
una pequeña llama de dulzura infinita
para tus largas noches de amante desolado.

JUANA de IBARBOUROU

XCVII RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe  aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites  de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

ANTONIO MACHADO

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L’Arca di Noe

Un vuelo de gaviotas controladas a distancia
Y una playa de conchas muertas
En la noche una estrella de acero
Confunde al marinero
Rayas blancas en el cielo azul
Para encantar y hacer soñar a los niños
La luna está llena de banderas sin viento
Qué difícil ser un hombre

Se va a ir
El barco partirá
¿Dónde va a venir?
Esto no se sabe
Será como el Arca de Noé
El perro el gato yo y tú

SERGIO ENDRIGO

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Tarde de lluvia

Sobre la alfombra de un oscuro beige
se balancea un pie envuelto en seda negra:
un pájaro de invierno en los sembrados.
La curva delicada del talón
marca, despacio, el ritmo de la música.
Hay un temblor de niños
lejanos en tus ojos, y una sombra
velada de inquietud en los cabellos.
La lluvia de un domingo por la tarde
a veces se parece a nuestro epílogo.
Suntuosa la tristeza de tus manos
con anillos de plata, detenidas
en el silencio y en la indecisión
después de las caricias.
En las cornisas, pájaros mojados
son restos de un recuerdo, entre hojarasca,
de la hija lejana, en el camino
de niebla, un barrizal alrededor del lago.
Pequeñas charcas
parecen tu silencio. Anochece:
sólo cuando el destino se ha cumplido
no hay motivos de alarma.


JOAN MARGARIT – Todos los poemas (1975-2012)